1. Una Fiesta Inolvidable De La Que Me Olvidaría Si Pudiera

Grace había estado colmando mis nervios desde temprano. Y yo empezaba a preguntarme si traer de asistente a una amiga de toda la vida en lugar de un profesional iba a ser un problema.
Pero como la fiesta salió a último momento y mi compañero me dejó colgado porque ya tenía “compromisos previamente adquiridos”, Grace por fin tuvo su oportunidad.

Grace Di’Giulianni (ni se les ocurra llamarla ‘Graciela’) es seis años menor que yo, y para mí es como una especie de hermanita menor. Nos conocimos en la adolescencia la mía ya terminaba y la de ella apenas estaba empezando- en la fila para ingresar a un recital de una banda poco conocida que, sinceramente, hoy en día ambos detestamos. Ese día no conocí solamente a Grace, sino que varios de los que hoy son amigos entraron en mi vida de esa forma. Desde entonces seguíamos en contacto mandándonos e-mails masivos cada tanto, y cruzándonos en algunas fiestas. Pero con Grace fue distinto.
Ella también es fotógrafa, como yo. Y desde que se convirtió en una especie de aprendiz apadrinada por mí quiere acompañarme a alguna jornada laboral. Como yo casi siempre trabajo de noche, y en lugares donde la presencia de menores no suele estar permitida, nunca se había dado. Pero ahora que ella está más grande, y justo en un día que me quedé sin asistente, es imposible decirle que no.

El trabajo era sencillo. La idea era llegar a las ocho, acomodarme cerca de la pasarela con la cámara en la mano, sacar tres o cuatro docenas de fotos pavotas que justifiquen el sueldo, asaltarle la mesa de saladitos al cliente de turno y volverme a casa antes de las tres para devorar media pizza fría en calzoncillos y mirando la peor película que pueda encontrar en el cable, esas con monstruos de goma espuma a los que se le ven los hilos y alambres.
Pero no. Y no entendí nunca como es que a partir de esa noche que no tendría que haber tenido nada especial, mi vida cambio para siempre. Ni como terminé sin Grace ni cámara en el backstage de la previa del desfile, charlando con un empresario de la organización al que le estaba haciendo falta encontrar un fotógrafo de confianza.

Se ve que mucha confianza no le inspiré, porque a los tres minutos de conversación me dejó hablando solo y se fue detrás de las caderas de una rubia grandota que no sé ni de donde salió. Bah, solo… Solo lo que se dice solo, no me dejó. De pronto entre toda la maraña de cosas y gente que me rodeaba, una dulce voz empezó a contestarme como si con ella hubiera estado hablando desde el principio.

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