La chica de la voz dulce me contó que se llamaba Anahí, que tenia dieciocho años, que era la primera vez que la invitaban a “una fiesta así” (yo me pregunto “así” cómo), y que no sabía muy bien por qué se había vestido de colegiala, ya que la decisión fue medio apurada y el estilo “no le quedaba bien”.
Entre nos, le quedaba más que perfecto. No era un jumper escolar común y corriente. Era un disfraz bastante elaborado. Entre la pollerita de 10 centímetros, la camisa casi transparente y la superproducción del maquillaje parecía recién salida de un dibujo animado.
Me gustó tanto como estaba lookeada que lo primero que atiné a hacer es sacarle una foto. Pero como ya había mencionado antes, mi cámara estaba en poder de mi adorable y desquiciante asistente.
Y entonces fui yo mismo el que se sintió como un cartoon: A mi derecha, una versión más angelical de mi mismo me soplaba a lo Cyrano las cosas más lindas que podría llegar a decirle. Mientras tanto a mi izquierda, mi otro otro-yo, más colorado y perverso que de costumbre, me hincaba su tridente recordando cosas que hace tiempo no hacía ni sentía con nadie.
Torpe, intranquilo. Anahí me ponía nervioso. Sin que yo me diera mucha cuenta se había llenado de gente a nuestro alrededor. Una larga fila de personas disfrazadas, chicas en su mayoría, esperaban ansiosas subir al escenario para mostrarse y mostrar sus atuendos.
No me quedó otra, entonces, que cortar con la charla. Me disculpé, y salí corriendo a buscar a Grace.