Debería haber sabido que Gabriela Pratt iba a significar problemas desde que la vi por primera vez en aquella fiesta de disfraces a la que fui por trabajo. Ni quiero acordarme de cuantos años pasaron desde entonces, pero recuerdo claramente que ella estaba disfrazada de Gatúbela.
Por su puesto. De esa fiesta no me fui con Gabriela, con quien si llegué a cruzar palabra no fue más que para -quizás- pedir permiso al paso. De esa fiesta me fui con Anahí, la colegiala pícara-inocentona que estuvo persiguiéndome gran parte de la noche para que le saque fotos.
De todos modos Gabriela nunca se hubiera fijado en mí. Esa puerta estaba cerrada. Tampoco entiendo muy bien por qué me fijé en ella. Pero ya hablaremos de eso más tarde.
En la vida hay historias de puertas abiertas, e historias de puertas cerradas. Ésta es una historia de amistad y amor. Pero también es una historia de puertas cerradas. Tal vez porque sucede en Buenos Aires, donde nadie deja pasar a nadie. Y sin embargo acá estoy, escribiendo esto para que algún que otro desconocido me espíe por la ventana.
Casi tentado a empezar escribiendo “querido diario…” Iba a hacer como en la tele, y decirles que esta historia es ficción, y que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. ¿Pero saben qué? ¡Yo no creo en las coincidencias!